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Mamá

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Cuando me quedo dormido mi mamá me cuenta un cuento. Cocina para que no me falte alimento y el delicioso aroma que sale de sus recetas secretas me hace volar. También me acaricia si tengo pesadillas y me dice que todo irá bien. El problema es que cuando despierto recuerdo que mi mamá ya no está. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons .

Desvarío I

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Quizás, cuando llueva no temeré. Seré una hoja al viento, una brizna de pasto en medio de una tormenta. Pero hoy es tarde, la noche ya se cansa y yo aún sigo sudando, sigo mordiéndome las uñas sin poder deshacerme de la incómoda sensación que atenaza mis sentidos. A veces, cuando tomo un café caliente siento que no es mi culpa. En el fondo yo lo sé, mi nostalgia no es más que una fantasía erótica de la cual disfruta mi hombro izquierdo. Pero... ¿es o no la vida un dulce amargo? Quizás una guinda con sal. Ayer le di mis condolencias a una triste flor. Es duro tener que perder los brazos para que una mujer sepa si es amada. Ilusa ilusión, todavía no encuentra donde sentarse a descansar. Tiene una difícil tarea con nosotros. Mañana me di cuenta. En dos días más supe que tenía que irme. Mientras ayer beberé mi olvido, años más adelantes sentí que me ahogaba, aún no me doy cuenta que no respiro, aún no percibo el olor a salitre empapando mis ropas, el humo negro que no perdona. No importa.....

Vicente

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-Vicentito, Vicentito, ¿No te lo dije? Tres años bastaron para que se hiciera realidad toda una red de imposibles, para que el fin del calendario maya llegara en forma adelantada haciéndonos creer que la única manera de escapar era la incoherencia. Él era un niño muy normal. Un ejemplo de niño, un súper niño. Bueno, casi niño pues con cuarenta y ocho años de edad seguía viviendo en casa de su madre sin poder cortar sus amarras y volar libre. Era gay desde los trece y pese que lo vieron seis psiquiatras, dos neurólogos y cinco psicólogos, nada lo había hecho cambiar: tenía desde pequeño en su interior una mujercilla. Siempre le había gustado vestirse con ropa suelta. Yo lo conocí un día en el supermercado cuando me sentí fuertemente observado en el momento que me agaché a recoger un paquete de papas fritas que se me había caído (desde dicha ocasión no me agacho sin doblar las piernas). Cuando volteé lo vi ahí, firme y descarado, sin pelos en los ojos, observando mi trasero. “Bonito t...