Vicente
-Vicentito, Vicentito, ¿No te lo dije? Tres años bastaron para que se hiciera realidad toda una red de imposibles, para que el fin del calendario maya llegara en forma adelantada haciéndonos creer que la única manera de escapar era la incoherencia. Él era un niño muy normal. Un ejemplo de niño, un súper niño. Bueno, casi niño pues con cuarenta y ocho años de edad seguía viviendo en casa de su madre sin poder cortar sus amarras y volar libre. Era gay desde los trece y pese que lo vieron seis psiquiatras, dos neurólogos y cinco psicólogos, nada lo había hecho cambiar: tenía desde pequeño en su interior una mujercilla. Siempre le había gustado vestirse con ropa suelta. Yo lo conocí un día en el supermercado cuando me sentí fuertemente observado en el momento que me agaché a recoger un paquete de papas fritas que se me había caído (desde dicha ocasión no me agacho sin doblar las piernas). Cuando volteé lo vi ahí, firme y descarado, sin pelos en los ojos, observando mi trasero. “Bonito t...